POEMAS JUAN DE DIOS PEZA
LA ULTIMA CITA

ESTE ERA UN REY

FUSILES Y MUÑECAS

MI MEJOR LAURO

MI PADRE

REIR LLORANDO
La última cita

Recuerda la vez aquella:
mi labio encendido al tuyo.
la noche apacible y bella,
en cada nube una estrella,
y en cada flor un cocuyo.
Llena de rubor, de miedo,
junto de mí te veía,
y hablabas quedo, tan quedo,
que sólo yo saber puedo
lo que tu alma me decía.
Quiero olvidar, pero en vano,
ese instante soberano
de nuestra antigua pasión;
libro que dejó tu mano escrito en mi corazón.
¡Una flor y un sol de estío!
Al calor del desvarío
abriste tu alma esa noche,
para guardar en su broche
todo el sentimiento mío.
¡Cómo olvidar que, rendida
al más amargo quebranto,
trémula, triste, afligida,
con la faz descolorida,
llenos los ojos de llanto;
Como el que al dolor resiste
como el que oculta un pesar,
alzaste el rostro, me viste,
y escuché un adios tan triste,
que no lo puedo olvidar!
Era la revelación
de una triste decepción,
de una ausencia que sería
la sombra que apagaría
los sueños del corazón.
¡Ah! ¡separarnos los dos,
cuando uno del otro en pos,
hallaba ventura y calma!...
¡Qué triste sonó en el alma!
aquella palabra: ¡Adiós!
¡Ver aislada una existencia
que se había en otra fundido;
arrebatarle su esencia;
darla una sombra la ausencia;
darle un sepulcro el olvido!
Era cual libro ignorado
nuestro sino desgraciado.
Amar, y después... sufrir,
ser un alma en el pasado,
y dos en el porvenir.
Con tu adiós dejaste mudo
al corazón que allí pudo
oírlo, sufriendo ya;
era el último saludo
del que nunca volverá.
¿Qué hice al oírte? Confieso
que tan amargo dolor
aún queda en el alma impreso.
¡Qué triste es juntar a un beso
un adiós desgarrador!
Me deslumbraba tu encanto;
al mirarnos, nuestro ser
era un astro, un fuego santo.
¡Qué triste es mirarse tanto,
para no volverse a ver!
Nada huye del pensamiento:
¡qué horrible fue aquel momento
que nos vino a separar!
Cada frase era un lamento,
cada suspiro un pesar.
Y ví cómo te alejabas,
y cómo, ingrata, dejabas
un alma donde hubo dos...
Si era verdad que me amabas,
¿por qué me dijiste adiós?

Juan De Dios Peza
ESTE ERA UN REY....
Ven mi Juan, y toma asiento
en la mejor de tus sillas;
siéntate aquí, en mis rodillas,
y presta atención a un cuento.

Así estás bien, eso es,
muy cómodo, muy ufano,
pero ten quieta esa mano;
vamos, sosiega esos pies.

Este era un rey... me maltrata
el bigote ese cariño,
Este era un rey... vamos niño,
que me rompes la corbata.

Si vieras con qué placer
ese rey... ¡Jesús! ¡qué has hecho!
¿Lo ves? en medio del pecho
¡me has clavado un alfiler!

¿Y mi dolor te da risa?
escucha y tenme respeto:
éste era un rey... deja quieto
el cuello de mi camisa.

Oír atento es la ley
que a cumplir aquí te obligo...
Deja mi reloj... prosigo.
Atención: Este era un rey...

Me da tormentos crueles
tu movilidad chicuelo,
¿ves? has regado en el suelo
mi dinero y mis papeles.

Responde: ¿me has de escuchar?
Este era un rey... ¡qué locura!
me tiene en grande tortura
que te muevas sin parar.

Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí
al fin cesa mi tormento...
Este era un rey, oye el cuento
inventado para ti.

Y agrega el niño, que es ducho
en tramar cuentos a fe:
"Este era un rey..." ya lo sé
porque lo repites mucho.

Y me gusta el cuentecito
y mira ya lo aprendí:
"Este era un rey", ¿no es así?
"¡Qué bonito! ¡Qué bonito!"

Y de besos me da un ciento,
y pienso al ver sus cariños:
los cuentos para los niños,
no requieren argumento.

Basta con entender
su espíritu de tal modo
que nos puedan hacer todo
lo que nos quieran hacer.

Con lenguaje grato o rudo
un niño, sin hacer caso,
va dejando paso a paso
a su narrador desnudo.

Infeliz del que se escama
con esas dulces locuras:
¡si estriba en sus travesuras
el argumento del drama!

¡Oh Juan! me alegra y me agrada
tu movilidad tan terca;
te cuento por verte cerca
y no por contarte nada.

Y bendigo mi fortuna,
y oye el cuento y lo sabrás;
"Era un rey a quien jamás
le sucedió cosa alguna".

Juan de dios peza
FUSILES Y MUÑECAS
Juan y Margot, dos ángeles hermanos
que embellecen mi hogar con sus cariños,
se entretienen con juegos tan humanos
que parecen personas desde niños.

Mientras Juan, de tres años, es soldado
y monta en una caña endeble y hueca,
besa Margot con labios de granado
los labios de cartón de su muñeca.

Lucen los dos sus inocentes galas,
y alegres sueñan en tan dulces lazos:
él, que cruza sereno entre las balas;
ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
el kepis de papel sobre la frente,
alienta el niño en su inocencia grata
el orgullo viril de ser valiente.

Quizá piensa, en sus juegos infantiles,
que en este mundo que su afán recrea,
son como el suyo todos los fusiles
con que la torpe humanidad pelea.

Que pesan poco, que sin odios lucen,
que es igual el más débil al más fuerte,
y que, si se disparan, no producen
humo, fragor, consternación y muerte.

¡Oh misteriosa condición humana!
siempre lo opuesto buscas en la tierra;
ya delira Margot por ser anciana,
y Juan que vive en paz ama la guerra.

Mirándolos jugar me aflijo y callo;
¿cuál será sobre el mundo su fortuna?
Sueña el niño con armas y caballo,
la niña con velar junto a la cuna.

El uno corre de entusiasmo ciego,
la niña arrulla a su muñeca inerme,
y mientras grita el uno fuego, fuego
la otra murmura triste: duerme, duerme.

A mi lado ante juegos tan extraños
Concha, la primogénita, me mira:
¡es toda una persona de seis años
que charla, que comenta y que suspira!

¿Por qué inclina su lánguida cabeza
mientras deshoja inquieta algunas flores?
¿será la que ha heredado mi tristeza?
¿será la que comprende mis dolores?

Cuando me rindo del dolor al peso,
cuando la negra duda me avasalla,
se me cuelga del cuello, me da un beso,
se le saltan las lágrimas, y calla.

Sueltas sus trenzas claras y sedosas,
y oprimiendo mi mano entre sus manos,
parece que medita en muchas cosas
al mirar cómo juegan sus hermanos.

Margot que canta en madre transformada,
y arrulla a un hijo que jamás se queja,
ni tiene que llorar desengañada,
ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.

Y este guerrero audaz de tres abriles
que ya se finge apuesto caballero,
no logra en sus campañas infantiles
manchar con sangre y lágrimas su acero.

¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
Amo tus goces, busco tus cariños;
¡cómo han de ser los sueños de los hombres,
más dulces que los sueños de los niños!

¡Oh mis hijos! No quiera la fortuna
turbar jamás vuestra inocente calma,
no dejéis ni esa espada ni esa cuna:
¡cuando son de verdad, matan el alma!

Juan de dios peza
MI MEJOR LAURO
Con sus seis primaveras muy ufana,
quebrando con sus pies las hojas secas,
me recitó en el campo una mañana
mi hija mayor : Fusiles y muñecas.

Repitiendo mis versos no sabía
que colmaba el mayor de mis antojos;
no me culpéis si oyéndola sentía,
lágrimas en el alma y en los ojos.

¡Bien! exclamé, mi niña me interpreta
mejor que todos aunque a nadie cuadre;
yo juzgarla creí como poeta,
y la estaba juzgando como padre.

Llegó la estrofa aquella en que la nombro
y bajando hacia el suelo la mirada,
vi de pronto ponerse, con asombro,
su faz, más que una fresa, colorada.

¿Qué tienes? pregunté, ¿por qué haces eso?
¿Por qué ya nada de tu labio escucho?
Y ella me respondió, dándome un beso:
-Me callo aquí, porque te quiero mucho.

Nada valdrá tan cándida respuesta
para el que en altas concepciones fijo,
medir no pueda, en ocasión cual ésta,
a donde alcanza el corazón de un hijo.

Puedo deciros la verdad desnuda:
como en mis versos comprendió mi duelo,
por no hacerme sufrir quedóse muda,
por no verme llorar, miraba al suelo.

Yo, alabando el poder de su memoria,
comprendí, perdonadme lo indiscreto,
que los mejores lauros de la gloria
son los que se cosechan en secreto.

Vale más a mis ojos, siempre fijos
en la eterna verdad no en falsos nombres,
la lágrima arrancada por mis hijos
que todos los aplausos de los hombres.

Negó a mi numen su fulgor el genio,
en el drama veraz de mis dolores
el fondo de mi hogar es el proscenio
y mi padre y mis hijos los lectores.

No busco un lauro que mi frente ciña
ni pide aplausos mi laúd ingrato;
pero... ¿por qué me olvido de la niña
que suspendió turbada su relato?

Pronto volvió su faz a estar serena
y a brillar en sus labios la sonrisa,
porque el placer lo mismo que la pena
pasan sobre los niños muy de prisa.

-Tus versos voy a continuar diciendo-
y con más firme voz soltóse hablando;
¡inocente! los dijo sonriendo
y entonces yo los escuché llorando.

Al terminar, sintiendo hecho pedazos
por el dolor mi corazón ardiente,
me interrogó cruzándose de brazos
y mirándome el rostro frente a frente.

-¡Ay! dime padre, cuando tú escribiste
los mismos versos que de oírme acabas
¿porqué estabas mirándome tan triste?
Al mirarnos jugar ¿en qué pensabas?

y ¿por qué? -respondí- tan preguntona
¿indagas los misterios de mi lira?
-Porque soy, tú lo has dicho, una persona
que charla, que comenta y que suspira

-¡Brava razón! ¡Confórmame con eso!
¿No eres la que, si el duelo me avasalla,
se me cuelga del cuello, me da un beso,
se le saltan las lágrimas y calla?


-¡Yo soy! ¡yo soy! me contestó orgullosa,
y haciéndome olvidar penas y agravios,
se me colgó del cuello cariñosa,
cerró sus ojos y besó mis labios.

Corrió alegre después tras otros niños
quebrando con sus pies las hojas secas
y dejándome besos y cariños
en premio de Fusiles y muñecas.

Juan de dios peza
REIR LLORANDO
Viendo a Garrik   -actor de la Inglaterra-
el pueblo al aplaudirlo le decía:
"Eres el más gracioso de la tierra,
y el más feliz...".......... Y el cómico reía.

Víctima del spleen, los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso
llegóse un hombre de mirar sombrío:
"Sufro -le dijo-, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío".

"Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importa mi nombre ni mi suerte.
En un eterno spleen, muriendo vivo,
y es mi única ilusión la de la muerte".

-Viajad y os distraeréis.
                -¡Tanto he viajado!
-Las lecturas buscad.
                -¡Tanto he leído!
-Que os ame una mujer.
                -¡Si soy amado!
-Un título adquirid.
                -¡Noble he nacido!
-¿Pobre seréis quizá?
                -Tengo riquezas.
-¿De lisonjas gustáis?
                -¡Tantas escucho...!
-¿Qué tenéis de familia?
                -Mis tristezas.
-¿Vais a los cementerios?
                -Mucho... mucho...
-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?

-Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos
yo les llamo a los vivos, mis verdugos.

-Me deja -agrega el médico- perplejo
vuestro mal, y no debo acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo:
"Sólo viendo a Garrik podréis curaros".

-¿A Garrik?

-Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa,
¡tiene una gracia artística asombrosa!

-¿Y a mí me hará reír?

-¡Ah sí, os lo juro!;
él sí, nada más él, mas... ¿qué os inquieta?

-Así -dijo el enfermo-, ¡no me curo!
¡yo soy Garrik!... cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reir como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora, cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.

Juan de dios peza
MI PADRE

Yo tengo en el hogar un soberano,
único a quien venera el alma mía;
es su corona su cabello cano,
la honra su ley y la virtud su guía.

En lentas horas de miseria y duelo,
lleno de firme y varonil constancia,
guarda la fe con que me habló del cielo
en las horas primeras de mi infancia.

La amarga proscripción y la tristeza
en su alma abrieron incurable herida;
es un anciano, y lleva en su cabeza
el polvo del camino de la vida.

Ve del mundo las fieras tempestades,
de la suerte las horas desgraciadas,
y pasa, como Cristo el Tiberiades,
de pie sobre las ondas encrespadas.

Seca su llanto, calla sus dolores,
y sólo en el deber sus ojos fijos,
recoge espinas y derrama flores
sobre la senda que trazó a sus hijos.

Me ha dicho: "A quien es bueno, la amargura
jamás en llanto sus mejillas moja:
en el mundo la flor de la ventura
al más ligero soplo se deshoja.

"Haz el bien sin temer al sacrificio,
el hombre ha de luchar sereno y fuerte,
y halla quien odia la maldad y el vicio
un tálamo de rosas en la muerte.

"Si eres pobre confórmate y sé bueno;
si eres rico protege al desgraciado,
y lo mismo en tu hogar que en el ajeno
guarda tu honor para vivir honrado."

"Ama la libertad, libre es el hombre
y su juez más severo es la conciencia;
tanto como tu honor guarda tu nombre,
pues mi nombre y mi honor forman tu herencia".

Este código augusto, en mi alma pudo
desde que lo escuché, quedar grabado;
en todas las tormentas fue mi escudo,
de todas las borrascas me ha salvado.

Mi padre tiene en su mirar sereno
reflejo fiel de su conciencia honrada;
¡cuánto consejo cariñoso y bueno
sorprendo en el fulgor de su mirada!

La nobleza del alma es su nobleza;
la gloria del deber forma su gloria;
es pobre, pero encierra su pobreza
la página más grande de su historia.

Siendo el culto de mi alma su cariño,
la suerte quiso que al honrar su nombre,
fuera el amor que me inspiró de niño
la más sagrada inspiración del hombre.

Quiera el cielo que el canto que me inspira
siempre sus ojos con amor lo vean,
y de todos los versos de mi lira
éstos los dignos de su nombre sean.
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